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miércoles, 16 de abril de 2008

Polaridades

“La Gestalt busca la integración de las polaridades de todo comportamiento humano más que la eliminación de una en beneficio de otra, o la búsqueda ilusoria de un ‘injusto’ término medio, una pálida zona gris de embotados sentimientos contradictorios que castra la iniciativa y la creatividad” (Ginger, 1995).

Al igual que en la naturaleza, en mi vida existe una enorme cantidad de polos complementarios: soy tierno y soy agresivo; actúo desde mis aspectos masculinos y también lo hago desde mis aspectos femeninos; amo y odio. Estos polos son complementarios, es decir, un aspecto necesita del otro de la misma forma en que un pie necesita del otro para que yo pueda caminar armoniosamente. Tratar de eliminar uno me dejaría “cojo” y falto de armonía y facilidad para avanzar hacia adelante. De igual manera, si estoy parado y me he recargado demasiado sobre una de mis piernas, necesito apoyarme sobre la otra con tal de obtener el equilibrio que me comienza a faltar cuando siento la primera pierna adormecida y con falta de fuerza. Sería verdaderamente injusto que, teniendo dos piernas, yo reconociera la existencia y utilizara únicamente una de ellas.

Osho (1995) dice que “cuanto más te vayas hacia un polo, más fuerte surgirá el otro”. Y en verdad creo que es así: en la medida en que yo trato de “ser perfecto” y eliminar mis “faltas” mi “imperfección” cobra mayor fuerza; si trato de negar o ignorar mis sentimientos desagradables y me inclino hacia los agradables únicamente, entonces adquieren más fuerza los desagradables; cuando exalto vehementemente mi generosidad y niego mi egoísmo, este último surge con mayor intensidad y se ve reflejado en mi conducta. He aquí la importancia de darle su lugar y su justo valor a todos y cada uno de los aspectos que conforman mi personalidad. Reconocer la existencia e importancia que tiene cada uno de los rasgos de mi carácter es el primer paso hacia su integración en mí y hacia la creación de armonía en mi vida. Considero esencial disfrutar de estos aspectos complementarios, sin recriminarme por actuar de una u otra forma.

De acuerdo con Zinker (1977), los conflictos intra e interpersonal tienen lugar a causa del rechazo de una polaridad (oscura o luminosa) en mí mismo. Los vacíos de la personalidad a los que tanto se refiere Perls no son más que estos polos negados. Estos vacíos no existen en una persona saludable, quien dice sí a todos los componentes de su sí mismo, consciente de que es amistosa y la vez mezquina, soberbia y humilde, habilidosa y torpe a la vez.

En no pocas ocasiones encontramos que el paciente teme reconocer el polo negado: siente que si le permite existir al polo rechazado, repentinamente comenzará a actuar desde éste exclusivamente. Este temor está fundado en la obvia tendencia del paciente a ir de un extremo al otro, en vez de “simplemente” integrar ambos características de su personalidad.

En psicoterapia Gestalt, la identificación del polo que el paciente está rechazando se hace evidente por medio de la proyección: pongo fuera de mí aquello que no me gusta y que no acepto de mi personalidad, o bien, lo que me gusta pero que no reconozco en mí mismo. El trabajo clásico para la integración de polaridades es la técnica de la silla vacía, mediante la cual me re-apropio de mis rasgos proyectados en el otro, sean agradables a mí o no. Otra técnica sumamente útil es la de cambiar a primera persona del singular aquello que digo acerca de alguien más: si soy lo suficientemente honesto seguramente me daré cuenta de lo que en realidad es mío y estoy proyectando en otra persona.

Al final del trabajo con polaridades espero que el paciente identifique, reconozca, acepte y, si es posible, integre aquello que está fuera de su conciencia y que muy probablemente le esté provocando un conflicto interno o con los demás.

Perro de Arriba vs. Perro de Abajo

Las polaridades son un aspecto que se trabaja comúnmente en psicoterapia Gestalt. Una de esas polaridades, quizás la más frecuente, es la lucha encarnada entre el perro de arriba y el perro de abajo. Se puede observar esta dualidad de dos formas: en cuanto me relaciono con el otro desde una posición u otra o en cuanto me relaciono conmigo mismo desde una posición u otra.

Esta lucha entre el perro de arriba y el perro de abajo en mis interacciones sociales es una lucha por el poder, fácilmente observable en la vida diaria: ante un cliente exigente en un restaurante que critica y acusa al mesero de tener un pobre desempeño, el mesero retrasa el servicio o comete errores, lo cual llevan al cliente a desesperarse; un jefe en una oficina le ordena a su empleado que realice unas facturas fuera de su horario de trabajo, el empleado acepta la orden pero al final no la lleva a cabo, argumentando que “ha tenido mucho que hacer”.

El perro de arriba se manifiesta en la persona como un mandón que le exige al otro hacer un mayor esfuerzo, que lo trata de controlar, que impone sus reglas, como en los dos ejemplos anteriores. El perro de abajo también trata de controlar, pero de manera indirecta, saboteando el intento de dominio y control del perro de arriba, en los ejemplos anteriores tanto el mesero como el empleado “pasivamente” pelean contra las órdenes recibidas.

A pesar de que ambos luchan estéril e interminablemente por tener el control, siempre llegan a un empate, por lo que la lucha entre el “amo frustrado” y el “esclavo saboteador” nunca se resuelve, no hay un ganador. En realidad, ambos pierden: el mandón no obtiene lo que quiere y el saboteador no hace bien su trabajo, por lo que no puede desarrollarse.

En la interacción intrapersonal, el así llamado perro de arriba es la parte “superior” de la persona, que manda, que controla de manera directa mediante la frase “tu debes”, abrumando, sermoneando, imponiendo sus propias a sí mismo. Es un opresor que intimida y que toma el papel de predicador, padre o maestro.[1] Claudio Naranjo (1990) lo llama “el monstruo de los debería”, que no permite ser lo que es, que compara, enjuicia y evalúa. Es el mandón que con su auto-acusación provoca angustia, culpa y vergüenza; es el personaje principal en el juego de la auto-tortura y el auto-mejoramiento. El perro de arriba exige al perro de abajo y le manda el mensaje de “esto no me basta, debes hacer un esfuerzo mayor”. El perro de arriba impone sus deseos sobre el perro de abajo, lo manipula, lo controla.[2]

Puedo identificar a mi perro de arriba en acción cuando siento que lo que hago en determinada situación “no es suficiente”, cuando me exijo y me acuso de “ser un flojo”, de “estar perdiendo el tiempo”, cuando me torturo con la culpa de lo que hice o dejé de hacer, cuando comparo mi desempeño en el trabajo con el de mis compañeros, cuando me enjuicio por “no ser perfecto” y cuando en mi evaluación sólo tomo en cuenta mis actitudes negativas o equivocadas e ignoro mis bondades.

Por su parte, el perro de abajo es la parte “inferior” de la persona que se resiste, que dice “no quiero” o “no puedo”. Trata de controlar de manera indirecta, por medio de la pasividad, sabotea, olvida, “se esfuerza mucho” y fracasa. Experimenta desamparo y representa a la víctima. Aplaza todo, se confunde y no se compromete. Sus caracterizaciones son de “pobre de mí”, el niño, el estúpido, la virgen, el inválido.[3] En este sentido, el perro de abajo representa algunas características del “no yo” o “pseudo yo”: actitud saboteadora al organismo, repetición de la cadena generacional neurótica, actitud manipuladora y tendencia a la victimización.[4]

El trabajo terapéutico con el perro de arriba y el perro de abajo consiste primordialmente en establecer un diálogo entre los dos, por medio de un trabajo de sillas, con el propósito de que se establezca una negociación y un acuerdo entre ellos. De esta forma el perro de arriba puede ser asimilado por la persona como parte integrante de su personalidad. “Sería algo simplista decir que el mandón es algo que hay que eliminar por ser disfuncional”[5] Por su parte, al lograr que tanto uno como otro “cedan” ante la negociación, el perro de abajo ya no necesitará sabotear al perro de arriba y por supuesto a la persona misma, de quien forma parte. Al dialogar, ambas partes de la personalidad llegan a un acuerdo del tipo gana-gana, en el que cada una obtiene lo que desea, por lo que dejan de luchar estérilmente.

Otra forma de trabajar con esta polaridad es el constante “hacer ver al paciente cómo se auto-acusa, se auto-tortura, se demanda, se enjuicia duramente y se autoerige”. Por supuesto, en este sentido, el trabajo con los introyectos adquiere una gran relevancia.

Como terapeuta, es importante cuidarse de no caer en jugar el papel del perro de arriba en la relación con el paciente, ya que seguramente, el paciente entonces tomará su papel de perro de abajo, frustrando cualquier posibilidad de avance personal. Algunas de las formas en que puedo jugar el papel de perro de arriba en la relación terapéutica son: imponiendo al paciente mi propia forma de pensar o mis soluciones; teniendo una actitud “perseguidora” con tal de que el paciente “avance” en su proceso; resaltando únicamente las actitudes y rasgos “negativos” del paciente y utilizando la relación terapéutica para satisfacer objetivos meramente personales.

Por otra parte, como terapeuta también sé que puedo jugar el papel de perro de abajo: al no comprometerme, al manipular al paciente pasivamente, al no imponer límites claros y al sabotear la terapia (por ejemplo, retrasando continuamente el comienzo de ésta, cambiando las fechas y horarios frecuentemente o no estudiando el caso de mis pacientes).

Para no jugar ninguno de los dos papeles me es necesario hacer una continua auto-observación y desarrollar mi auto-conciencia, todo ello sin auto-exigencia. Sólo así podré tener un mejor contacto con la persona que tengo frente a mí, del cual surgirá el crecimiento inherente a la relación terapéutica.



[1] Baumgardner, P. (1994). Terapia Gestalt. Pax: México.
[2] Naranjo, C. (1990). La Vieja y Novísima Gestalt. Cuatro Vientos: Chile. pp. 66-69
[3] Baumgardner
[4] Salama, H. (2002). Psicoterapia Gestalt. Proceso y Metodología. Alfaomega: México. pp. 51-55
[5] Naranjo, pp. 72-73

El Darse Cuenta

“El darse cuenta es una forma de vivenciar. Es el proceso de estar en contacto alerta con la situación más importante en el campo ambiente/individuo, con un total apoyo sensorio-motor, emocional, cognitivo y energético” [1] Estas son las palabras de Yonteff con respecto al darse cuenta, pero esta toma de conciencia no es sólo una forma de saber qué estoy haciendo ahora, sino también cómo lo estoy haciendo. Cuando “me doy cuenta” amplío mi percepción, sé lo que está pasando sin que nadie me lo diga.[2]

Al contrario de lo que sucede en las así llamadas “terapias verbales”, en la terapia Gestalt no sólo reconocemos nuestra situación presente verbalmente, sino que la vemos, la conocemos, la sentimos, reaccionamos ante ella, contactamos plenamente con ella. “La persona que se da cuenta, sabe qué hace, cómo lo hace, sabe que tiene alternativas y elige ser como es”[3].

Mi darme cuenta es cognitivo, sensorial y afectivo. Su naturaleza cognitiva está ligada a mi actividad mental que “abarca más allá de lo que ocurre en mi presente”[4] e involucra el imaginar, explicar, planificar, adivinar, recordar el pasado, anticipar el futuro, en fin, recurrir al mundo de la fantasía. Su naturaleza sensorial está ligada a mi contacto sensorial y actual con objetos y eventos en el presente: el darme cuenta del mundo exterior. Su naturaleza afectiva está relacionada con el contacto de mi realidad interna, de mi vivencia presente, totalmente individual, y de la experimentación verdadera de mis emociones. Mi darme cuenta más importante es saber que soy único e irrepetible.

Mi darme cuenta obtiene su energía de mi necesidad apremiante del momento. Negar mi situación, necesidad o mis deseos es alterar mi darme cuenta. Por el contrario, estar en contacto total con mi situación, es decir, conocer mi control sobre ella, mis opciones con respecto a ella y la responsabilidad de mi conducta y sentimientos es respetar mi circunstancia y mi darme cuenta. Mi darme cuenta está siempre aquí y ahora. “El pasado existe ahora como recuerdo, lamento, tensión corporal. El futuro no existe excepto ahora como fantasías, esperanzas”[5] Mi darme cuenta es el contacto, es la formación de una Gestalt. Cuando me doy cuenta descubro medios y modos por los cuales puedo crecer y desarrollar mi propio potencial y arreglar las dificultades en mi vida. Por medio de mi darme cuenta aprendo y crezco para dejar de insistir en ser quien no soy y convertirme en quien realmente soy.

En terapia Gestalt promovemos el darse cuenta por medio de ejercicios o experimentos. Acompañamos e invitamos al paciente a que descubra por su propia experiencia su condición actual, su forma de actuar en la situación que nos plantea, sus actitudes, sus sentimientos reales y las formas en que elude la experiencia directa de todos ellos. A partir de que surge el darse cuenta en el paciente, podemos continuar hacia un trabajo terapéutico más completo y profundo, mediante el que el paciente tendrá que enfrentar su responsabilidad, la toma de sus propias decisiones, o bien, la explosión de emociones como ira, tristeza o alegría.

En cualquier caso, el resultado que trae consigo el darse cuenta brinda un beneficio a nuestro paciente, quien tiene ahora suficiente información para utilizar todo su potencial –cognitivo, sensorial y afectivo– en la actividad más gratificante que hay: vivir.




[1] Yontef, G. (1995). Proceso y Diálogo en Psicoterapia Gestáltica. Cuatro Vientos: Chile.
[2] Baumgardner, P. (1994). Terapia Gestalt. Pax: México.
[3] Yontef,
[4] Stevens, J. (1976). El Darse Cuenta. Cuatro Vientos: México.
[5] Yontef, G.